Delante de la importante ciudad marítima
de Charleston, situada en una península junto a la desembocadura del río
Ashley, en Carolina del Sur, Estado esclavista entonces, hay varias islitas
que flanquean la entrada del espaciosísimo puerto. En uno de estos islotes,
situado casi en medio de la entrada, estaba construido el fuerte Sumter, y al
nordeste, sobre la isla de Súllivan, el fuerte de Moultrie, custodiados ambos
por una guarnición de 60 hombres a las ordenes del Comandante Anderson, del
Ejército Federal.
Temiendo Anderson una sorpresa del
pueblo y autoridades de Charleston, abandonó sigilosamente el fuerte de
Moultrie, donde se encontraba el grueso de la fuerza, en la noche del 26 de
diciembre de 1860, y se refugió con toda su gente en el de Sumter, construido
de ladrillo en forma de torre pentagonal de tres pisos dispuestos para recibir
140 piezas de artillería de gran calibre que aún no habían sido ni montadas
ni guarnecidas, y que le pareció más seguro que el de Moultrie, por
encontrarse más aislado, ya que este último estaba separado de tierra firme
solo por un estrecho brazo de mar que le parecía más sensible a un asalto
por parte del populacho.
Como bien temía, la cercana isla
de Súllivan fue facilmente tomada por las tropas confederadas que, desde el
fuerte de Moultrie, le sometieron a un intenso fuego artillero desde el 12 de
abril de 1861. A Anderson, totalmente aislado en Fort Sumter con su escasa
fuerza mal aprovisionada, no fue posible auxiliarle a tiempo porque, teniendo
que efectuarse esta operación por mar, todo buque que lo intentara, como lo
intentó el vapor "Estrella del Oeste", tendría que sufrir el fuego
de las baterías que los rebeldes habían posicionado en las islas Súllivan,
Morris y James. Dos días aguantaron los federados en Sumter, Anderson capituló
el 14 y abandonó con todos los honores de la guerra la fortaleza, en la cual
el vencedor izó la bandera de la Confederación del Sur
La agitación que este
suceso causó en el Norte fue inmensa, tanto que, al divulgarse la noticia, se
pararon todos los trabajos en las ciudades y en el campo; en las primeras
horas se echo todo el mundo a la calle, y en todas partes se oían discursos y
arengas que, en resumen, venían a parar en el deseo de conservar la Unión a
todo trance y de volver a hacer ondear su pabellón en el Fuerte Sumter.