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farragut@jhbayo.com

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El menorquín Jorge Ferragut Mesquida.
Padre del Almirante Farragut.
Óleo de William Swain existente en la
"Smithsonian Institution" de Washington.



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Portada de la Obra de Don Manuel Cencillo Pineda
Editorial Naval, Madrid 1950
Fuente del presente estudio.



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Colonización de La Florida
- Dibujo del Autor -



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Plano del sitio de La Florida
Mapa de la época



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Colonización de La Luisiana
- Dibujo del Autor -

















































































































































































































































 

:: JORGE FERRAGUT Y DAVID FARRAGUT :: 
... Un Recuerdo: Página 21. CAPÍTULO II


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LA PENÍNSULA DE FLORIDA Y LA ISLA DE MENORCA, INGLESAS

***

Antes de continuar con el relato de la vida del padre del almirante Farragut, y a efectos de establecer en qué circunstancias llegó a América, recordaremos que la misma dinastía reinante en los dos lados de los Pirineos, las cortes de Versalles y Madrid, habían firmado el 15 de agosto de 1761 un tratado pasado a la historia bajo el nombre de "Pacto de Familia" Como consecuencia, España debía entrar en guerra al lado de su aliada Francia, contra Inglaterra, el 16 de Enero de 1762.

En América, el balance de las operaciones militares fue desastroso para los españoles. Los ingleses se apoderaron de la Habana y de Manila, y hubo que hacer proposiciones de paz. En el tratado de París, del 10 de febrero de 1763, España perdió la Florida en favor de los ingleses, pero, en compensación, Francia le cedió la Luisiana Con la Florida en sus manos, Inglaterra disponía así de un acceso directo en el Golfo de Méjico y de excelentes bases para perturbar las relaciones de todo tipo de las diferentes colonias españolas, entre ellas y por supuesto con la Metrópoli

 


MENORQUINES EN LA FLORIDA.

 

Difícil sería encontrar una isla que hubiese experimentado tantos desastres y cambios políticos. Nos han dicho algunos escritores que espantosas fueron las emigraciones de sus habitantes en los siglos pasados; aún a mediados del XVIII y en el XIX, que efectivamente consta fueron considerables.

Durante la segunda dominación británica en Menorca (1763-1781), la Isla sufrió largas temporadas de hambre y de miseria. Las guerras y las malas cosechas engendraron una situación caótica entre los menorquines que los ingleses supieron aprovechar para llevar a cabo con ellos la colonización parcial de la península de la Florida, recientemente "adquirida" de los españoles.

En 1768, cuando cinco años apenas contaba que  España cediera la Florida a la Gran Bretaña, instigados los menorquines por los ingleses, que los gobernaban entonces, para ir a poblar aquel vasto territorio del continente americano y atraídos por las ventajas que se les contó sobre las bellas cualidades de este fértil y delicioso país, concibieron muchos el proyecto de pasar allá; así es que de todos los puntos de Menorca se dispusieron personas y aún familias para ir allí.

Innumerables cartas de particulares de todas las nacionalidades, de las cuales se conservan muchísimas, y periódicos de la época, nos presentan los desagradables cuadros de molestias, peligros, malos tratos, precios excesivos y otras penalidades que los emigrantes pasaron en las travesías oceánicas, de modo muy diferente a como se lo pintaron, en la época, los dominantes.

 

Un tal Gaspar Wirter escribió en 1732:

"En la travesía suceden a veces cosas lamentables. Un buque estuvo el año pasado 24 semanas en alta mar y, de las 150 personas que llevaba a bordo, murieron de hambre más de cien. Se comieron hasta las ratas y ratones que había en el buque, pagando por un ratón medio florín.  Los que sobrevivieron desembarcaron en otro país, donde después de haber pasado mucha miseria, fueron presos y hubieron de pagar el pasaje suyo y de los fallecidos.

Este año han llegado diez buques que habían tomado a bordo tres mil pasajeros. Uno de estos buques ha estado 17 semanas en el camino, habiendo fallecido cerca de setenta de sus pasajeros en el mar; los restantes están enfermos todos, desfallecidos, y lo que es peor, sin recursos pues son todos pobres. El que no puede pagarse el precio del pasaje  tiene que dejarse vender aquí por tres, cuatro, seis, ocho o más años y ha de trabajar este tiempo en calidad de esclavo."

 

Un periódico, publicado por el impresor Sauer, dice en un número del mes de febrero de 1745:  

"Ha llegado a Filadelfia otro buque con alemanes, que según dicen embarcaron en número de 400 y han quedado reducidos a unos 50. Cada quince días había distribución de pan que muchos comían en cuatro, cinco o seis días, y en menos tiempo si no se les daba rancho caliente; además, si se retardaba la distribución de pan dos o tres días más de los quince, desfallecían los que no tenían dinero, porque el que tenía dinero y quería gastarlo podía comprar harina a tres peniques la libra, y vino a un taler la botella. Gracias a que tuvo la fortuna de poder comprar cada día harina y vino, se ha podido mantener con su mujer y cinco hijos uno de los pasajeros. Otro, que comió su ración de pan en una semana, se postró con su mujer a los pies del Capitán, suplicándole que le diera un poco de pan, pero no consiguió nada; entonces le suplicó que le arrojará al mar para ahorrarle la muerte lenta por hambre, pero tampoco quiso acceder a esto el Capitán. Acudió al piloto, que vendía la harina y el vino, pero este, en lugar de echarle un poco de harina en la bolsa que el pobre le presentó, se la llenó de arena y de pedazos de carbón piedra. Entonces se retiró el infeliz llorando y murió con su mujer antes de que llegase el día del reparto de pan."

 

Esto dio lugar a grandes especulaciones por parte de los capitanes y dueños de buques, que enviaban innumerables agentes para enganchar cuanta gente podían, por supuesto, gente sin trabajo, mendigos y toda clase de desesperados, cobrando un tanto por cabeza del empresario, el cual llenaba sus buques con esta mercancía. Se dice de uno de ellos, llamado Heerbrand, que había reunido así ya hasta 600 cargamentos.

 

Para muestra de este comercio escandaloso de emigrantes, de la abyección y embrutecimiento de estos, y del carácter de la época, copiaremos aquí algunos anuncios de periódicos americanos, ingleses y alemanes:

 

"Esta de venta una mujer de buena apariencia que tiene que servir tres años y medio. Sabe hilar bien." (Pennsylvania Gazette, junio 1742).

 

"Alemanes que acaban de llegar.- Hoy ha llegado de Rotterdam el buque "Boston", capitán Mateo Carr, con algunos centenares de alemanes, hombres, mujeres, niños y niñas; hay entre ellos toda clase de oficios y braceros. Las personas que deseen adquirir algunos se servirán presentarse a David Rundle, en la calle Front. Filadelfia, 9 de noviembre de 1764." (Pennsylvania Staatsbote).

 

"Se vende el tiempo obligatorio de servidumbre de una moza de servicio. Es mujer fuerte, sana y fresca. No se vende por otra falta más que la de no ser apta para el puesto donde está ahora. Sabe desempeñar todos los trabajos de campo y probablemente será buena también para una posada. Le faltan cinco años de servicio." (El mismo periódico anterior, 4 de agosto de 1766).

 

"Alemanes.- Hay todavía de 50 a 60 alemanes que quieren servir para pagar su pasaje. Hay entre ellos criaturas guapas de ambos sexos." (El mismo. 18 de enero de 1774).

 

Muchos padres vendían ellos mismos a sus hijos, como quién vende ganado, a fin de sacar así de ellos el precio del pasaje para quedar libres.

 

***

En estas condiciones, los ingleses, con promesas de tierras y dádivas, en 1768 formaron una expedición de emigrantes compuesta por unas cuarenta familias menorquinas y engrosada por 200 griegos y 110 italianos, que aceptaron las tentadoras y engañosas proposiciones que les hiciera un tal Dr. Chepres por mediación de su representante y a la vez jefe de la expedición, Andrew, apellidado Trumbull o Tom Bull, médico y funcionario consular británico en la isla de Menorca.

Allí fueron los menorquines, y allí llevaron su lengua, sus tradiciones y sus costumbres que a finales del siglo pasado aún perduraban en algunos puntos. Lo que pasó con sus apellidos fue distinto; una disposición del gobierno inglés mandaba que se inscribiesen en un registro todos los inmigrantes al desembarcar en América, pero como los empleados de las oficinas del registro solo hablaban, por lo general, inglés, no sabían pronunciar ni escribir los nombres en otras lenguas, así los apuntaban anglificándolos a su manera, resultando a menudo nombres enteramente diferentes, y solían contestar a las observaciones del interesado, que tampoco entendía el inglés:

"Cualquier nombre es bueno para vosotros."


:: FIN DE LA PÁGINA 21 ::

"Jorge Ferragut y David Farragut: Un Recuerdo."
Jesús Hernando Bayo
©1995


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