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Antes de continuar con el relato de
la vida del padre del almirante Farragut, y a efectos de establecer en qué
circunstancias llegó a América, recordaremos que la misma dinastía reinante
en los dos lados de los Pirineos, las cortes de Versalles y Madrid, habían
firmado el 15 de agosto de 1761 un tratado pasado a la historia bajo el nombre
de "Pacto de Familia"
Como consecuencia, España debía entrar
en guerra al lado de su aliada Francia, contra Inglaterra, el 16 de Enero de
1762.
En América, el balance de las
operaciones militares fue desastroso para los españoles. Los ingleses se
apoderaron de la Habana
y de Manila, y hubo que hacer proposiciones de
paz. En el tratado de París, del 10 de febrero de 1763, España perdió la
Florida en favor de los ingleses, pero, en compensación, Francia le cedió la
Luisiana
Con la Florida en sus manos, Inglaterra disponía así de un
acceso directo en el Golfo de Méjico y de excelentes bases para perturbar las
relaciones de todo tipo de las diferentes colonias españolas, entre ellas y
por supuesto con la Metrópoli
MENORQUINES EN LA FLORIDA.
Difícil sería encontrar una isla
que hubiese experimentado tantos desastres y cambios políticos. Nos han dicho
algunos escritores que espantosas fueron las emigraciones de sus habitantes en
los siglos pasados; aún a mediados del XVIII y en el XIX, que efectivamente
consta fueron considerables.
Durante la segunda dominación británica
en Menorca (1763-1781), la Isla sufrió largas temporadas de hambre y de
miseria. Las guerras y las malas cosechas engendraron una situación caótica
entre los menorquines que los ingleses supieron aprovechar para llevar a cabo
con ellos la colonización parcial de la península de la Florida,
recientemente "adquirida" de los españoles.
En 1768, cuando cinco años apenas
contaba que España cediera la
Florida a la Gran Bretaña, instigados los menorquines por los ingleses, que
los gobernaban entonces, para ir a poblar aquel vasto territorio del
continente americano y atraídos por las ventajas que se les contó sobre las
bellas cualidades de este fértil y delicioso país, concibieron muchos el
proyecto de pasar allá; así es que de todos los puntos de Menorca se
dispusieron personas y aún familias para ir allí.
Innumerables cartas de particulares
de todas las nacionalidades, de las cuales se conservan muchísimas, y periódicos
de la época, nos presentan los desagradables cuadros de molestias, peligros,
malos tratos, precios excesivos y otras penalidades que los emigrantes pasaron
en las travesías oceánicas, de modo muy diferente a como se lo pintaron, en
la época, los dominantes.
Un tal Gaspar Wirter escribió en
1732:
"En la travesía suceden a
veces cosas lamentables. Un buque estuvo el año pasado 24 semanas en alta mar
y, de las 150 personas que llevaba a bordo, murieron de hambre más de cien.
Se comieron hasta las ratas y ratones que había en el buque, pagando por un
ratón medio florín. Los que
sobrevivieron desembarcaron en otro país, donde después de haber pasado
mucha miseria, fueron presos y hubieron de pagar el pasaje suyo y de los
fallecidos.
Este año han llegado diez buques
que habían tomado a bordo tres mil pasajeros. Uno de estos buques ha estado
17 semanas en el camino, habiendo fallecido cerca de setenta de sus pasajeros
en el mar; los restantes están enfermos todos, desfallecidos, y lo que es
peor, sin recursos pues son todos pobres. El que no puede pagarse el precio
del pasaje tiene que dejarse
vender aquí por tres, cuatro, seis, ocho o más años y ha de trabajar este
tiempo en calidad de esclavo."
Un periódico, publicado por el
impresor Sauer, dice en un número del mes de febrero de 1745:
"Ha llegado a Filadelfia otro
buque con alemanes, que según dicen embarcaron en número de 400 y han
quedado reducidos a unos 50. Cada quince días había distribución de pan que
muchos comían en cuatro, cinco o seis días, y en menos tiempo si no se les
daba rancho caliente; además, si se retardaba la distribución de pan dos o
tres días más de los quince, desfallecían los que no tenían dinero, porque
el que tenía dinero y quería gastarlo podía comprar harina a tres peniques
la libra, y vino a un taler la botella. Gracias a que tuvo la fortuna de poder
comprar cada día harina y vino, se ha podido mantener con su mujer y cinco
hijos uno de los pasajeros. Otro, que comió su ración de pan en una semana,
se postró con su mujer a los pies del Capitán, suplicándole que le diera un
poco de pan, pero no consiguió nada; entonces le suplicó que le arrojará al
mar para ahorrarle la muerte lenta por hambre, pero tampoco quiso acceder a
esto el Capitán. Acudió al piloto, que vendía la harina y el vino, pero
este, en lugar de echarle un poco de harina en la bolsa que el pobre le
presentó, se la llenó de arena y de pedazos de carbón piedra. Entonces se
retiró el infeliz llorando y murió con su mujer antes de que llegase el día
del reparto de pan."
Esto dio lugar a grandes
especulaciones por parte de los capitanes y dueños de buques, que enviaban
innumerables agentes para enganchar cuanta gente podían, por supuesto, gente
sin trabajo, mendigos y toda clase de desesperados, cobrando un tanto por
cabeza del empresario, el cual llenaba sus buques con esta mercancía. Se dice
de uno de ellos, llamado Heerbrand, que había reunido así ya hasta 600
cargamentos.
Para muestra de este comercio
escandaloso de emigrantes, de la abyección y embrutecimiento de estos, y del
carácter de la época, copiaremos aquí algunos anuncios de periódicos
americanos, ingleses y alemanes:
"Esta de venta una mujer de
buena apariencia que tiene que servir tres años y medio. Sabe hilar
bien." (Pennsylvania Gazette, junio 1742).
"Alemanes que acaban de
llegar.- Hoy ha llegado de Rotterdam el buque "Boston", capitán
Mateo Carr, con algunos centenares de alemanes, hombres, mujeres, niños y niñas;
hay entre ellos toda clase de oficios y braceros. Las personas que deseen
adquirir algunos se servirán presentarse a David Rundle, en la calle Front.
Filadelfia, 9 de noviembre de 1764." (Pennsylvania Staatsbote).
"Se vende el tiempo
obligatorio de servidumbre de una moza de servicio. Es mujer fuerte, sana y
fresca. No se vende por otra falta más que la de no ser apta para el puesto
donde está ahora. Sabe desempeñar todos los trabajos de campo y
probablemente será buena también para una posada. Le faltan cinco años de
servicio." (El mismo periódico anterior, 4 de agosto de 1766).
"Alemanes.- Hay todavía de 50
a 60 alemanes que quieren servir para pagar su pasaje. Hay entre ellos
criaturas guapas de ambos sexos." (El mismo. 18 de enero de 1774).
Muchos padres vendían ellos mismos
a sus hijos, como quién vende ganado, a fin de sacar así de ellos el precio
del pasaje para quedar libres.
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En estas condiciones, los ingleses,
con promesas de tierras y dádivas, en 1768 formaron una expedición de
emigrantes compuesta por unas cuarenta familias menorquinas y engrosada por 200
griegos y 110 italianos, que aceptaron las tentadoras y engañosas proposiciones
que les hiciera un tal Dr. Chepres por mediación de su representante y a la vez
jefe de la expedición, Andrew, apellidado Trumbull o Tom Bull, médico y
funcionario consular británico en la isla de Menorca.
Allí fueron los menorquines, y allí
llevaron su lengua, sus tradiciones y sus costumbres que a finales del siglo
pasado aún perduraban en algunos puntos. Lo que pasó con sus apellidos fue
distinto; una disposición del gobierno inglés mandaba que se inscribiesen en
un registro todos los inmigrantes al desembarcar en América, pero como los
empleados de las oficinas del registro solo hablaban, por lo general, inglés,
no sabían pronunciar ni escribir los nombres en otras lenguas, así los
apuntaban anglificándolos a su manera, resultando a menudo nombres enteramente
diferentes, y solían contestar a las observaciones del interesado, que tampoco
entendía el inglés:
"Cualquier nombre es bueno
para vosotros."